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Vivo en un mundo pequeño, donde todo pasa por mi cabeza, al menos eso trato, y creo que por eso es pequeño. Termino de escribir eso y salgo a correr.

Salgo de una cabaña chica de madera, donde solo había un escritorio y una silla. Ambas de madera. Y un cuaderno blanco con una pluma siempre mojada en tinta  para dejar mis anotaciones.

Salgo corriendo de la cabaña y hay un bosque intenso, hay una montaña con una inclinación escondida en la redondez de un mundo tan pequeño que nunca permite ver la cima. Siempre gana el horizonte, y los pinos giran porque yo corro. ¿Por qué corro? Atravieso el bosque una y otra vez y entro de nuevo en la cabaña.

Escribo. Todo esta pasando bajo mis pies, no se si dejar de correr, quizá todo frene, es solo una pregunta, debo seguir, algo me manda a seguir, más fuerte que yo, mas fuerte que el yo que vive adentro mío, o es justamente ese yo lo que me hace correr, ahí viene, mejor sigo.

Termino de escribir eso y salgo a correr.

Es el mismo bosque, pero en otro orden.

Se levanta viento y hojas vuelan y tapan la vista, no puedo ver, uso mis brazos y manos, solo toco hojas y esquivo los troncos de los árboles, despacio me muevo, todo se vuelve hojas de otoño, estoy totalmente rodeado. Inundado de hojas encuentro la cabaña. Entro y escribo: “No entiendo que pasó, todo era una masa de hojas secas, no había techo ni piso, y encontré de repente esta puerta.”

Dejo la pluma y salgo.

Ahora solo veo un par de árboles, estoy como al otro lado del bosque, logre salir, distingo claramente cada árbol, cada hoja, pero hay algo raro. También distingo el viento y sus partes, y hasta ahora nunca había sentido que el viento tenia partes. Cada cosa que veo, le veo sus partes, el viento y la rama y la hoja, forman un nuevo Ser no vivo, los veo en conjunto, agrupo cosas que antes estaban desagrupadas, una sección de rama, un cuarto de hoja y una milésima de viento, se parten nuevamente en pedazos frente a mis ojos, cada hilacha de madera cambia unos milímetros en un segundo, todo esta en el mismo proceso, mis oídos parten cada movimiento del viento en miles de notas, cada segundo se expande rebotan  moléculas en el aire, frotan mis ojos y los hacen más grandes, la mano que tengo se descompone y sigue el movimiento previsto por mi mente, acopla la lapicera y cada gota de tinta empieza a inundar el cuaderno, empieza a rebalsar el agua azul oscura de las hojas, el piso empieza a licuarse del mismo tinte, cubre mis talones, me muevo hacia la puerta dejando caer la silla que en camino se diluye en tinta, la silla se transforma en una “a” y cuando giro mi cabeza veo solo barrotes, los barrotes de la palabra “ahora”, agarro la “h” con mis manos, sigo el resto de las letras, la “o”, la “r”, la “a” en las dos puntas, y solo me rodea un mar blanco que no me deja ver, solo blanco, que no me deja avanzar, solo me queda el “ahora” de referencia. En mis manos el ahora se va achicando, entra en las dos manos y de repente en una sola, se vuelve diminuto y otros “ahoras” empiezan a aparecer en la mano, y empiezan a caer de mis manos, y rebalsan, arman un piso, es la madera, la silla llena de ‘ ‘ahoritas’, las paredes empiezan a subir, y el techo empieza cerrarse, se completa la cabaña frente a mis ojos.

Se escucha el viento afuera, abro la puerta, salgo, hay una tormenta, pero nada hace ruido, hay una tormenta y nada se mueve. Algo pasa, algo pasa entre todas las moléculas, pero algo no pasa, algo se queda quieto, todo el espejo se queda quieto, intacto, y todo pasa en el espejo, una sabana roja cubre el cielo. Las pestañas están cerradas, las abro y veo mi jardín y siento el mismo bosque, las moléculas, las partes, los ahoras, y algo en el fondo que se mantiene intacto como una sabiduría, escondiendo las palabras “ahora” en cada letras miles de ahora en cada ahora se expande un universo exactamente igual al que lo contiene pero con un escritor menos, esta ves escapa el escritor del mundo y viaja con sus letras y fracciones de recuerdos, se lleva una valija sin peso y aterriza en la luna. Donde ninguna distracción lo va a dejar, toda la gente distraída lo mira de noche, pensando que nadie vive ahí, pero el esta en la Luna, yo estoy en la Luna, yo soy ese que escribo esto desde allá y nadie va a comprobar lo contrario, porque ya he bajado y aprendí que no hace falta subir para escribir. Aprendí que allá pasa lo mismo, pero que acá es más real y denso decir que los cuentos que voy a describir nada tienen que ver entre si. Solo, únicamente, son hilos que se cruzan en mismas palabras claves y tejen la escritura de este libro, que se escribió solo, sin la presencia de yo, con la ayuda del instante en que no supe distraerme conmigo. Y dejé que de a poco esto sobrepasara mis juicios y prejuicios. El bosque molecular del ahora se hunde en cada tecla de computadora otrora lapicera que inunda de imaginación yugular este brebaje de palabras que no quieren ser místicas sino superficie pura.

 

 

Dedicado a Dukas por su obra: “The Sorcerer”.

 

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