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El abrir y cerrar de ojos
El respirar, inhalar, exhalar.
En ese minúsculo instante todo cambia porque cada átomo del universo se movió minuciosamente. Se cayeron tres millones de átomos de la mesa en la que escribo y sin embargo la veo y siento “mesa” fija, estable.
La memoria produce al hábito, ¿o era al revés?
Nos olvidamos que la memoria tiene secuestrados los cambios que queremos ver, acordarse no es hacer, no es acto. Luego viene el acto.
Cada paso es el primer y último paso. Cada respiración es la primera y última respiración. Cada pensamiento es el primer y último pensamiento. Cada recuerdo es nuevo. Cada futuro nunca va a existir como fue imaginado porque la experiencia será más. Cada día es el primer y último día. Cada comida es la primera y última comida. No tanto es así para las cosas. Que parecen estar ahí para inmortalizarnos. Creo que para eso las tenemos, para hacernos sentir seguros. La remera azul sigue siendo azul, uf menos mal. El auto sigue siendo auto mañana y lo era ayer, y se estacionará en el mismo lugar varias veces. Lees esto y volvés a leerlo mañana y no dudas en que sea otro texto. Cambia todo, ¿pero este texto no cambia? ¿No cambian de significado las palabras? ¿No cambia lo que genera volver a leerlo? ¿La biblia es la misma que hace más de mil años cuando fue escrita? ¿Las palabras evocan lo mismo? ¿Los conceptos atrapados son los mismos? Al leer la palabra Dios ¿pensas siempre en lo mismo? ¿Al leer la palabra perro te imaginas siempre el mismo perro? ¿O es el mismo pero fue creciendo y ahora cuando digo “perro” viene a tu mente tu perro pero viejo? ¿O te imaginaste el último perro que viste en una situación emocionante y por eso ahora recordas ese perro?

Hay un árbol en el sur de la Argentina que tiene más de dos mil años. Vió todo, bueno no, pero mucho. Bueno no vió nada porque no tiene ojos. Ni piensa ni nada. ¿Alguna vez abrasaste un árbol? Uno de esos eucaliptos bien grandes y viejos, ¿alguna vez pusiste tu pecho y brazos abiertos en la insuficiente tarea de abrazarlo? Mi tía Juani me dijo una vez “Cuando llegues a un lugar (de viaje) abraza un árbol, te conecta con el lugar.” Lo hice sin dudar ni pensar un instante en que esperaría obtener con el acto, aún sabiendo porque lo estaba haciendo, no lo pensé, ni tampoco me pregunté por la magia que pueda llegar a correr entre una persona y un árbol. Fui y lo abracé. ¿Y que pasó? No recibí una transfusión de energía o cuentos susurrados y apretados de todo lo que había pasado en el lugar, como un resumen espectacularmente redactado y sin olvidar el mínimo detalle, no, nada de eso. No sentí un cosquilleo en el pecho. Fue y es, una extraña y linda sensación abrazar un árbol. Abrazarlo como se abrazaría a una persona que no ves hace mucho, por un rato, apretando un poco, queriendo agarrarlo con las manos. Cuando veas árbol grande y majestuoso en un campo o jardín, con o sin gente alrededor (la mirada del otro no tiene que influir en lo más mínimo, por eso mejor no explicar nada) simplemente, o mejor dicho, con la mente simple, andá y abrazá el árbol por lo menos por 3 minutos o más, sin pensar en porqué, solo un abrazo sincero al ente vivo que está ahí meditando en silencio durante toda su vida. Antes de abrazarlo míralo bien. Mirá todas sus ramas, como nacen la más grandes de su tronco y se van ramificando en más chicas, con sus curvas y hojas en las puntas, miles de hojas. Después te acercas lentamente y le das un buen abrazo.
Después volvés a leer esto y me contás como te fue.

 

La siguente imagen la saqué de http://www.old-chum.com/

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