cielo corcho

Héctor llegaba a la casa de sus amigos y a cierta hora y con cierta mirada agarraba un libro por su tapa, lo sostenía por encima de la altura de su pecho, con el brazo extendido, comenzaba a soltar las hojas y con el dedo pulgar frenaba sin aviso, en una página, sin mirar usaba la mano izquierda para arrancar esa hoja y la guardaba bruscamente en su bolsillo. La gente lo miraba perplejo, pero al terminar su magia, todos volvían a la conversación que estaban teniendo como si nada. Si las personas ya estaban acostumbradas al acto errático de Héctor o no, queda por comprobarse. Lo cierto que es que Héctor repetía la maniobra una vez por semana, lo venía haciendo durante meses. Empezó un día de Octubre y ahora venía por Junio.

Llega a su casa, saca la hoja de su bolsillo izquierdo de su campera de cuero marrón clarita, la abre, sin leer extiende su mano derecha sobre la mesada, agarra un chinche color rojo y la pega en su pared de corcho gigante.
En su living tiene esta pared de 2 metros por 2 metros de corcho donde tiene enchinchado todo tipo de hojas de libros robados, todas arrancadas, algunas arrugadas, queda espacio para 20 hojas más. Las coloca sin orden. “Sin orden aparente” le gusta decir.

Tiene una teoría sobre el orden de sus hojas.

Dice que va a encontrar un cuento escondido entre la líneas de todas las hojas, uno de los varios, ya que habrían varios cuentos por descubrir. Dice que como el orden desordenado de las estrellas, las oraciones de estas páginas pueden alinearse formando un nuevo orden, sin importar el día en que se escribieron, el autor, el origen, flotan en armonía como estrellas en su cielo corcho, queda en él la misión de encontrar las conexiones entre las oraciones.

Héctor no es un loco, no es esquizofrénico ni nada por el estilo. Él es un administrador de cuentas en una importante inmobiliaria. Hasta hace poco no podía diferenciar Cortázar de García Márquez. Porqué habrá empezado a arrancar así las hojas y en un rapto de soledad instalar el corcho de 2 x 2? Quizá ni siquiera él mismo lo sepa.

 

no saber viajar

en lugar de ver la hojas viajar,
es mejor verlas morir en su lugar.

no llegar con los pies, solo con la cabeza.
no poder agarrar nada, pero estar aferrado a todo.
no poder sacar, sin parar de sumar.
no querer frenar,
no saber viajar
no querer mirar.

Cristales y vidrios rotos fragmentos esparcidos desordenadamente sobre un lisa y uniforme superficie
perfectamente lisa
y las respectivas plantas de plástico dentro de la casa, en macetas de verdad.

Ella que limpia, él que rompe.
Encuentran la excusa oculta:
El: Fotos sin sacar: eso es lo que son.
Ella: Suspendidas en el aire, esperando existir, esperando sus cazadores.

Todo lo que vemos son fotos sin sacar.
Todo el silencio son sonidos esperando sonar.

Mientras tanto, en su jardín, tres arboles se preguntan equivocados cual es el destino de su resma esencia una oficina gubernamental o un colegio elemental. Miran la impresora con pánico existencial.
Luego se darán cuenta, morirán de pié.

Una persona que no sabe escribir,
o que sabe escribir pero no escribe nada
y lo peor es que escribe de todo, pero nada de adentro,
todo es un calco o una repetición del afuera,
el afuera. ese limite que esta tan cerca y es siempre horizonte
allí afuera o acá afuera?
donde está el afuera?
que es afuera y que es adentro, cuantas partes tiene el adentro, una sola? miles? millones?
ninguna entonces.

Manoplas

El piso sigue ahí. Siempre esta el piso, en todos lados hay pisos.
Un hombre con manos gigantes, estamos hablando de manos de 30 centímetros de largo entra a un bar, empuja la puerta, pasa y se sienta. La gente lo mira como uno más, todo es normal, menos sus manos. Se sienta en una de esas mesas altas modernas con banquitos altos que parecen cancheras pero son muy incomodas y levanta sus manos enormes para pedir un trago. El dedo solo mide 15 centimetros. Espera que la gente lo mire pero no solo no le ve nadie sino tampoco la mosa lo ve. La mosa esta cerca de la barra pero mirando para el otro lado. El tipo de las manos gigantes empieza a decir “señorita!”, pero le sale medio tímido y no parece llegar al odio de la mosa, pero si al de otro pibe que esta al lado de ella, la mosa se da vuelta y tiene ojos de ardilla, chiquititos y orejas de bebe recién nacido.